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"Nada podemos esperar sino de nosotros mismos"   SURda

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30-08-2017

Brasil: Notas sobre la clase trabajadora

 

SURda

Notas

Brasil

Gabriel Casoni

 

 

El presente texto tiene como objetivo ofrecer una contribución para la comprensión del proletariado brasileño. La generación anterior de la clase trabajadora brasileña asumió su lugar en la historia cuando se levantó, a partir de las huelgas del ABC paulista en 1978 (1). Ello abrió el camino para las huelgas de petroleros, profesores, bancarios, metroviarios, químicos, obreros de la construcción civil, y muchos otros sectores del proletariado. Sin el protagonismo de la clase trabajadora es imposible comprender la fase final de la lucha contra la dictadura militar. Fue ella la que contagió de esperanza a los millones que bajaron a las calles en los años posteriores.

Ha probado su disposición revolucionaria de lucha en millares de combates parciales. Continúa siendo la clase que, cuando unas condiciones políticas oportunas abran la posibilidad de disputar el poder, o sea, cuando se abra una situación revolucionaria, puede transformar los destinos de Brasil. Es la clase portadora de la esperanza.

Los datos que presentaremos a continuación revelan que la clase trabajadora brasileña es un gigante, por su dimensión y la potencia de su fuerza social de choque; está superexplotada mediante salarios bajos; está muy concentrada, en casi veinte ciudades con un millón de habitantes; tiene una expresiva composición negra, que es mayoritaria en muchas regiones; es grande el peso de la juventud en su interior, uno de cada tres trabajadores tiene menos de treinta años; conoció una intensa feminización en los últimos treinta años, siendo este uno de sus sectores más oprimidas; ejerce y sufre presión por el peso del semiproletariado, pero tiende a arrastrar hacia su campo a la mayoría pobre y popular de las ciudades y del campo; sufre, en menor escala, la presión del lumpen; está desorganizada, con algunas excepciones, en los lugares de trabajo; posee, en especial en el sector privado de la economía, un índice bajo de sindicalización; tiene niveles moleculares de organización política independiente, y sufre las secuelas de una baja escolarización.

El estudio que ahora presentamos contiene, ciertamente, errores y lagunas, límites y diferencias, que serán superadas, esperamos, por medio de la discusión, crítica y la elaboración colectiva. No analizaremos en estas notas, al poner el foco en la estadística, el papel de los aparatos burocráticos que actúan sobre la clase trabajadora. Este tema será central en otro estudio.

Estructura social: el proletariado y el semiproletariado en Brasil


El capitalismo brasileño reprodujo, en el curso del pasaje de la sociedad agraria a la urbano-industrial, un trazo peculiar en el desarrollo de los países atrasados, pero a una escala inmensa, por tanto, peculiar, comparativamente más intensa: la amalgama de formas modernas y arcaicas resultó en una formación económico-social, especialmente particular, desigual y combinada. En ella, el atraso condiciona la existencia de lo más avanzado y, viceversa, lo más moderno impone una totalidad que es mayor y más compleja que la suma de las partes. No es mera coincidencia o sobreexposición: se trata de un híbrido.

A lo largo del siglo XX, la existencia de lo “moderno” -el creciente proceso de industrialización/urbanización- y lo “atrasado” -la arcaica estructura agraria/industrial, con los agregados, los peones y foreros-, no representó una barrera al desarrollo nacional capitalista. Esa combinación fue, en realidad, condición para el establecimiento de un régimen de acumulación de capital especial para la burguesía nacional hegemónica, y para los intereses de los capitales extranjeros dominantes. Especial porque se fundamentó en la superexplotación del trabajo.

Así, la dimensión “arcaica” de la economía no puede ser entendida como una excrecencia, un polo “marginal” indeseado de las estructuras subdesarrolladas, sino sobre todo como parte funcional del modelo de acumulación en los países periféricos. Este proceso histórico, articulando la expansión de la industria y de los servicios urbanos con la permanencia de una estructura agraria, básicamente, atrasada, produjo tasas fabulosas de acumulación por un lado, y por otro, acentuó lo niveles de explotación de la fuerza de trabajo.

Brasil se caracterizó, desde la lenta formación del mercado libre de trabajo, por ser una economía de bajos salarios, asentada en la superexplotación de la fuerza de trabajo. La herencia de cuatro siglos de esclavitud conformó un patrón de explotación en el país. La existencia de una amplia población trabajadora “excedente”, existente al margen de las cadenas productivas centrales y, por eso, condenada a la informalidad, y relegada a condición de miseria, constituyó una característica de la estructura social nacional.

Aunque la expansión económica, a lo largo del último siglo, haya conducido a una reducción relativa, todavía muy desigual de la pobreza, la mayor parte de los trabajadores permaneció presa de los salarios bajos. El fin del trabajo esclavo no vino acompañado de la realización de la reforma agraria. Tampoco tuvo lugar ninguna reforma social relevante que alterase los niveles brutales de desigualdad social. En otras palabras, las relaciones de producción basadas en la mano de obra esclava fueron abolidas, pero la estructura socia se mantuvo caracterizada por la concentración de riqueza y renta en las manos de una pequeña clase propietaria.

Comprendamos nuestra peculiaridad. El período inicial de formación de la clase trabajadora asalariada se entrelaza con la historia de las lucha de los trabajadores esclavos contra los señores esclavistas, en especial en el período final de la vigencia de la esclavitud, cuando la lucha por la libertad adquirió enorme amplitud. El proletariado asalariado naciente abrigaba hombres y mujeres de distintos orígenes: ex-esclavos, inmigrantes extranjeros, migrantes de las áreas rurales, etc. El contingente de trabajadores inmigrantes europeos que llegó a Brasil, entre el fin del siglo XIX y el inicio del siglo XX, compuso, durante las primeras dos generaciones, una parte del proletariado industrial.

Al mismo tiempo, en parte considerable, el flujo migratorio del medio rural, una mayoría de descendientes de esclavos, fue expulsada de las actividades económicas urbanas formales (industria y servicios) suscitadas por las transformaciones económico-sociales. De tal modo, que a partir del final del siglo XIX, se produjo la creación de un significativo sector de trabajadores “sobrantes”, o periféricos al proletariado. Esa masa de “excluidos” no oscilaba solamente en función de la alternancia de las fases de los ciclos económicos, siendo absorbida y expulsada del mercado de trabajo. Esta superpoblación trabajadora pasó a ser un trazo estructural.

Dicho de otro modo, el ciclo de industrialización nacional tardía (1930-1980), aunque haya impulsado fuertemente el empleo asalariado, fue incapaz de incorporar al conjunto de la fuerza de trabajo urbana en expansión. Esa población “excedente”, un ejército industrial de reserva, en la clásica definición marxista, en situación de amarga miseria, buscó en el trabajo informal, en el trabajo por cuenta propia, y en otras formas de trabajo precario, medios de supervivencia.

Se formó, así, lo que podemos denominar un semiproletariado. Esto es, un sector de la población trabajadora empobrecida -existente tanto en las regiones semirurales, como en las ciudades medias y grandes-, no incorporada en las relaciones formales de trabajo asalariado, y que tampoco consiguió constituirse en pequeña burguesía propietaria empleadora; ubicándose, desde el punto de vista de las clases sociales, en la frontera del proletariado.

La existencia de ese enorme contingente de trabajadores “excedentes” nunca tuvo un carácter disfuncional en relación al modelo de acumulación vigente. Al contrario. Por un lado, la superexplotación trabajadora, funcionando como ejército industrial de reserva, siempre presionó negativamente la media salarial; por otro lado, la informalidad permitió atender la demanda de servicios vinculados a los segmentos sociales de alta renta (trabajo doméstico, cuidadores familiares, conservación del patrimonio, etc.) Pero no solo eso. El enorme batallón de empleados informales contribuyó a la reducción del salario medio también por otra vía: la producción de bienes y servicios baratos que contribuyen a la formación de la “canasta básica” de la clase trabajadora (alimentos, vivienda, vestimenta, y servicios en general).

Ese escenario de acentuada precariedad, heredado del pasado, todavía no fue superado. La situación de informalidad se redujo de modo expresivo a lo largo de la urbanización del último siglo. Pero ese aspecto de nuestra formación económico-social sigue presente. Es un trazo distintivo de la realidad social del país. En las metrópolis brasileñas, en la actualidad, ese trazo se manifiesta por medio de la creciente segregación de la población trabajadora más pobre y oprimida que vive en las favelas de las ciudades. Obedece a la lógica de especulación y expoliación relacionada con el espacio urbano.

Por otro lado, en las fronteras del semiproletariado se localiza un sector marginado, generalmente vinculado a actividades ilícitas, que debemos clasificar como el lumpenproletariado brasileño. Es conocido, por ejemplo, el peso de las organizaciones criminales ligadas al tráfico de drogas (Primer Comando de la Capital, Comando Rojo, entre otras) en las periferias y favelas de las ciudades brasileñas medias y grandes, así como en el sistema carcelario. Estos aparatos, muy profesionales, controlan en régimen de monopolios, actividades ilegales (robo, hurto, extorsión, prostitución, juegos ilegales, etc.), vinculadas a negocios capitalistas ilegales de alto lucro. Incorporan en sus operaciones una legión de desamparados, en su mayoría jóvenes. No pueden ser despreciados políticamente, por su incidencia social regresiva sobre el proletariado y la población pobre.

Teniendo en cuenta ese panorama amplio, la estructura de clases brasileña se caracteriza, del punto de vista de los que viven de su propio trabajo, en primer lugar, por la existencia de una clase trabajadora asalariada de enorme envergadura. Todavía está en crecimiento, tanto del punto de vista absoluto como relativo, comparada con el peso demográfico de las otras clases. Pero, también se define por la existencia de un importante sector semiproletario en el campo y en la ciudad, que en 2014, todavía abarcaba, aproximadamente, un tercio de la población ocupada del país.

La clase trabajadora brasileña: un gigante social


Tomaremos los datos de la PNDA/201434 (Pesquisa Nacional por Amostra de Domicílio/Encuesta Nacional por Muestra de Domicilio) (2), como referencia para el análisis de esta sección. Aunque la metodología y criterios de la encuesta del IBGE (Instituto Brasileiro de Geografia e Estatística/Instituto Brasilero de Geografía y Estadística) no sea, evidentemente, marxista, las informaciones ofrecidas son indispensables para el mapeo y descripción de la población trabajadora del país.

En 2014, los asalariados con contrato formaban un contingente de 60,5 millones de personas, lo que representaba el 61,3% del total de la población ocupada del país. Además de estos, había 21,1 millones de empleados por cuenta propia, 6,4 millones de trabajadores domésticos, y 6,9 millones de trabajadores en otras ocupaciones no remuneradas. Si sumamos todos esos grupos, llegamos a un total de 94,91 millones de hombres y mujeres que viven de su propio trabajo lo que significa el 96,2% del conjunto de las personas en 2014.

Los propietarios empleadores, aquellos que tienen empresas con uno o más trabajadores y que, por tanto, contratan fuerza de trabajo ajena, categoría que engloba indistintamente tanto microempresarios como grandes capitalistas, eran 3,7 millones de individuos (3,8% de los ocupados).

En términos de división por sector económico, el de los servicios absorbía, en 2014, 45,2% de los ocupados, lo que correspondía a 44,6 millones de trabajadores. El comercio y la hostelería, a su vez, representaban el 18,2% de los ocupados, con cerca de 17,9 millones de personas. Los trabajadores de las actividades agrícolas totalizaban 14,0 millones de personas. Ya los empleados en la industria de transformación eran 13,0 millones, representando el 13,1% de los ocupados. Los trabajadores de la construcción, a su vez, con 9.0 millones de personas, respondían al 9,2% de la población empleada.

En lo que se refiere a la relación campo-ciudad, vale notar que de los 56.6 millones de empleados en la actividad agrícola, 79% estaban en el sector privado, de los cuales el 78,5% en puestos de trabajo en actividades no agrícolas, dentro de los cuales predominaban los militares y funcionarios públicos estatutarios (60,4%); los demás eran empleados con contrato firmada (17,9%) o sin contrato (21,7%).

Entre 2011 y 2014, la proporción de trabajadores con contrato firmado en relación al conjunto de la población ocupada pasó del 55,3% al 64,6%, lo que representó un crecimiento significativo en la formalización de las relaciones de trabajo en el período. Con todo, con la eclosión de la crisis económica en 2015, la dinámica se modificó. Solamente entre el fin de 2014 y el fin de 2016, en 24 meses, más de 2,613 millones de trabajadores con contratos firmados perdieron su empleo, de acuerdo con el IBGE. Una destrucción acelerada de enorme proporción y consecuencias.

Vale destacar que no hay salarios nacionales en Brasil a no ser en el funcionariado público federal. Por tanto, las desigualdades regionales pesan mucho. La “regionalización” de la clase trabajadora es, comparativamente, menor que la de la clase media y de la burguesía, pero es grande, comparada con el proletariado de otros países.

Composición de la fuerza de trabajo

La expansión de la industria y de los servicios urbanos condujo a una reducción cualitativa de los empleos vinculados a las actividades agropecuarias a los largo de los últimos 70 años.

El sector primario pasó de casi el 61% del total de puestos de trabajo, en 1950, a menos del un 18%, en 2008. El sector secundario (industria y construcción), a su vez, que entre 1950 y 1980, había crecido del 20,5% al 38,6% del PIB, perdió peso relativo, después de la década de 1980. En 2008, la industria y la construcción correspondían al 24% de los puestos de trabajo. La caída relativa de la industria se debe fundamentalmente al robusto crecimiento de los servicios y del comercio, del 42,6% al 57,6% en términos de composición sectorial de la ocupación de la fuerza de trabajo

Sindicalización

En lo que atañe al índice de sindicalización, nótese lo siguiente: en 1999, para el 32,9% del total de los asalariados (formales o no), el índice de sindicalización se reducía al 17,1%. Ya en relación al total de ocupados, la tasa de sindicalización era apenas del 12,2%. Los números se mantuvieron más o menos iguales en 2009, aunque en niveles bajos: 29,7% de sindicalizados entre los trabajadores asalariados formales, 17,3% entre el conjunto de los asalariados y 13,1% en relación al total de ocupados.

En relación a la tasa de sindicalización por sector de actividad, se destaca el mayor índice sindicalizado en los servicios públicos y en la industria de transformación.

Feminización de la clase trabajadora


En la década del 2000, el 60% de las ocupaciones ofrecidas absorbían mujeres. A lo largo de los años 90, el empleo femenino correspondió a dos tercios del total de los puestos de trabajo generados, siendo que, en la década de 1980, eran las ocupaciones masculinas las que predominaban. La población empleada masculina era de 56 millones de personas, en 2014, en tanto que la femenina totalizaba 42,6 millones.

En lo que atañe a la participación de las mujeres en el mercado de trabajo, es incuestionable que hubo un avance considerable. En 1979, según los datos de los Censos Demográficos, apenas el 18,5% de las mujeres estaban económicamente activas. En 2010, este porcentaje subió al 50%. En otras palabras: la clase trabajadora brasileña se feminizó considerablemente en los últimos 40 años.

Las desigualdades de género, no obstante, son enormes. Mientras que los hombres presentan tasas de actividad del orden del 80%, las mujeres no llegan al 60%. O sea, cuatro de cada 10 mujeres no consiguen entrar en el mercado de trabajo. La sobrecarga del trabajo doméstico (el cuidado de la casa, de los hijos, ancianos, enfermos, maridos, etc.), entre otros aspectos conectados a la opresión de género, explican ese cuadro de acentuada desigualdad.

Es importante notar que el proceso de feminización de la fuerza de trabajo parece emitir algunas señales de agotamiento. Entre 2004 y 2014, la tasa de actividad femenina osciló muy poco, habiendo alcanzado su auge, de 59%, en 2005, para luego, en 2011, caer al 56%.

Racismo y explotación

El carácter estructurador del racismo en Brasil, en lo que refiere a la conformación del patrón de superexplotación, gana contornos nítidos cuando observamos las desigualdades de renta y de condiciones de trabajo. Como bien apunta Marcelo Badaró, cuando disgregamos los datos de ingresos de 2010, considerando las clasificaciones raciales del  IBGE, tenemos el siguiente perfil de los ingresos medios mensuales: blancos (R$ 1.538); amarillos (R$ 1.574); negros (R$ 834); pardos (R$ 845) e indígenas (R$ 735). O sea, blancos y amarillos tienen casi el doble del ingreso medio de los negros, pardos e indígenas.

Otro relevante elemento del racismo se expresa en la participación negra entre los empleos precarios. La mujer negra, que está en la base del sistema remunerado, queda en las peores ocupaciones, hecho que torna explícita la confluencia de opresión de género, raza y clase. Los números son elocuentes: el 39,1% de las mujeres negras empleadas se hayan en relaciones laborales precarias, seguida por los hombres negros (31,6%), mujeres blancas (27,0%) y hombres blancos (20,6%).

El empleo doméstico, herencia viva del pasado esclavista, sigue siendo una parte significativa de los empleos de las mujeres negras. El servicio para las familias de rentas más altas permanece profundamente diseminado en la sociedad brasileña. Según los datos del IBGE, en 2014, el 14% de las brasileñas ocupadas eran trabajadoras domésticas, un total de 5,9 millones. Aquí, la diferencia racial es notable: el 17,7% de las mujeres negras eran trabajadoras domésticas, todavía la principal ocupación entre ellas. Del total de trabajadores que desempeñan actividades en el interior de unidades familiares, casi el 97% recibían hasta dos salarios mínimos mensuales.

Estos datos muestran que no hubo reversión cualitativa del cuadro de extrema desigualdad racial en el mundo del trabajo, incluso durante una coyuntura de crecimiento económico, y de ampliación de la “formalización” de la fuerza de trabajo, como la que ocurrió durante los dos gobiernos Lula y el primer gobierno Dilma. Al final, una parte considerable de las negras y los negros, que ingresaron en el mercado de trabajo en aquel período, lo hizo por medios de contratos atípicos, en la tercerización o en el cuentapropismo precario, y generalmente en condiciones salariales inferiores a la media de la población trabajadora.

Deciles, escolaridad y población ocupada

Desde el punto de vista de las franjas deciles, el grupo de personas entre 30 y 39 años de edad, respondían, en 2014, al 25,5% de los ocupados; de 40 a 49 años de edad, al 21,9%; y de 50 a 59 años, al 15,8% de los ocupados. Aquellos con menos de 30 años son, por lo menos, el 30%,  el mayor contingente relativo.

En lo que se refiera al nivel de instrucción de la fuerza de trabajo, predominaban, en 2014, los ocupados con enseñanza básica incompleta o equivalente (26,4%) y aquellos con enseñanza media completa o equivalente (30,1%). Los empleados con enseñanza superior completa registraban una participación del 13,9% en 2013 y del 14,3% en 2014. Hay importantes variaciones regionales. En el Nordeste, fue registrado el menor porcentaje de personas ocupadas con 11 años o más de estudio  (40,0%). Ya en la Región Sudeste, este guarismo fue el mayor, el 56,9% en 2014. Se estima que, por lo menos el 27% de los brasileños con quince años o más, casi uno de cada tres, no consiguen entender un texto escrito.

Es interesante notar algunas características de la población desocupada en 2014, año previo a la crisis económica de 2015-2016, que hizo disparar el desempleo. Se destacan los siguientes datos entre los que estaban buscando trabajo: el 56,7% de los desocupados eran mujeres; el 28,3% nunca habían tenido trabajo; el 34,3% eran jóvenes de 18 a 24 años de edad; el 60,3% eran negros y pardos.

Patrón de explotación


El patrón de explotación de la clase trabajadora en Brasil está fuertemente caracterizado por los salarios bajos y por la precariedad de las condiciones laborales. El grueso de los empleos se concentra en la base de la pirámide social. En 2010, por ejemplo, los trabajadores con ingresos de hasta un 1,5 del salario mínimo representaban la mitad del total de las ocupaciones en Brasil; de esos más del 75% son asalariados, de los cuales casi dos de cada tres poseen un contrato firmada.

Veamos la evolución de la creación de puestos de trabajo y algunas de sus características a lo largo del tiempo. Durante los años setenta, se generaron 17,2 millones de empleos, de los cuales el 34,3% ofrecían una remuneración mensual de hasta el 1,5 del salario mínimo, y el 16,9% recibían más de cinco salarios mínimos mensuales. En los años 80, a su vez, Brasil creó 18,1 millones de nuevos puestos de trabajo, de estos, el 25,4% con remuneración de hasta el 1,5 del salario mínimo y el 33,1% de cinco o más salarios mínimos mensuales.

En la década del 90, sin embargo, la oferta de empleos cayó considerablemente. Solo se generaron 11 millones de nuevos puestos de trabajo, de los cuales el 53,6% no preveían remuneración. En la faja de renta de hasta el 1,5 del salario mínimo, ocurrió una reducción neta de cerca de 300 mil empleos, lo que señala un patrón bien diferente de las décadas anteriores.

Ya en los años 2000 tenemos un perfil muy distinto de la década anterior: fueron generados 21 millones de puestos de trabajo, de los cuales el 94,8% fueron con ingreso de hasta el 1,5 del salario mínimo. En las ocupaciones sin remuneración, se dio la reducción neta de 1,1 millón de puestos de trabajo. Otra característica del patrón de los empleos creados en los años 2000 es la significativa reducción en la faja de 5 salarios mínimos o más: fueron eliminados 4,3 millones de puestos de trabajo en este segmento de renta.

En síntesis, en la primera década del siglo XXI, hubo una concentración de empleos en la base de la pirámide social, concomitantemente, disminuyeron los puestos de trabajo sin remuneración y, en el otro extremo, fueron eliminados especialmente los empleos mejor pagados, de cinco salarios mínimos o más.

Entre tanto, conviene notar, para el correcto diagnóstico del patrón de explotación medido en franjas salariales, la significativa valorización del salario mínimo a los largo de los últimos veinte años. Entre 1994 y 2014, el Salario Mínimo tuvo un aumento real según DIEESE (Departamento Intersindical de Estatística e Estudos Socioeconômicos/Departamento Intersindical de Estadísitica y Estudios Socioeconómicos) del 72,31%. Por consiguiente, es preciso tener en cuenta que el poder de compra de la población trabajadora, que recibía en ese período, por ejemplo, entre 1 y 3 salarios mínimos, aumentó considerablemente, teniendo un impacto positivo, por tanto, en el nivel de vida de esas personas.

Entre los trabajadores en la base de la pirámide social, se observa que las profesiones en mayor expansión en la década de 2000 fueron las de servicio (6,1 millones de nuevos puestos de trabajo, que respondieron por 31% de la ocupación total). Luego en seguida, aparecen los trabajadores del comercio (2,1 millones), de la construcción civil  (2 millones), de administrativos (1,6 millones), de la industria textil y de vestimenta  (1,3 millón) y de la atención al público (1,3 millón).

Del punto de vista de los deciles, en la mayor parte de las ocupaciones para trabajadores de salario base se concentró en la franja de los 25 a los 34 años en la década de 2000. En el aspecto racial, a su vez, se constata la importancia de las ocupaciones de salario base generadas para los trabajadores no blancos, cuatro quintos de los puestos de trabajo fueron absorbidos por trabajadores no blancos.

Precarización del trabajo


La industrialización tardía, y el intenso proceso de urbanización del país, ambos asentados sobre la base de una estructura social caracterizada por la superexplotación de la fuerza de trabajo, y por niveles abismales de concentración de renta y riqueza, no revertirán el patrón de concentración de los empleos en la base de la pirámide social vinculados al sector agropecuario de los empleos autónomos.

En estos segmentos, en el año 2009, por ejemplo, más del 87% del total de los ocupados recibían hasta el 1,5 del salario mínimo mensual. Había 22,9 millones de trabajadores autónomos en 2009, lo que representaba cerca de un cuarto de todos los puestos de trabajo. De cada tres ocupaciones autónomas, dos ofrecen salarios de hasta 1,5 salario mínimo.

La precariedad que marca las relaciones de trabajo en el país se expresa también en el peso específico del trabajo temporal en relación al conjunto de los empleos asalariados en Brasil. En 2009, de cada diez asalariados, uno tenía contrato de trabajo inferior a tres meses de servicio en la misma empresa.

Otro aspecto de la precariedad de las relaciones de trabajo en Brasil se refiere al elevado grado de rotación de los trabajadores en las empresas. Entre 1999 y 2009, la tasa general de rotación en los empleos formales pasó del 33,5% al 36,9%, lo que significó un aumento del 10,1%. El grado de intensidad de la rotación sube en sentido inverso al de los ingresos del trabajador. Para los que ganan entre 0,5 y el 1 del salario mínimo mensual, la tasa de rotación fue del 85,3% en 2009, un aumento del 42,2% en relación al año 1999.

En cuanto a la distribución de los empleos asalariados por tamaño de empresa, se observa en 2009 que los micros y pequeños negocios (hasta 49 empleados) respondían a 15,3 millones de asalariados, lo que representaba el 37,2% del total de trabajadores formales en el país. O sea, más de 60% de los asalariados formales están en empresas con más de 50 empleados, porcentaje que indica un razonable índice de concentración por lugar de trabajo.

El trabajo tercerizado

El proceso de tercerización del trabajo es una importante característica del actual modelo de acumulación capitalista a nivel internacional. En Brasil, la tercerización ganó impulso a partir de la década de 1990, años de ofensiva neoliberal y reestructuración productiva.

Cuando analizamos las fajas salariales, observamos que los empleos tercerizados tienden a concentrarse en la base de la pirámide social brasileña. El objetivo de la burguesía con el implacable proceso de tercerización consiste esencialmente en disminuir el costo del trabajo, abaratando todavía más los gastos por mano de obra.

Según Marcio Pochmann, el número de trabajadores tercerizados creció, entre 1985 y 1995, a una media anual del 9%; en cuanto a las empresas contratantes, aumentaron en promedio, un 22,5% al año. Ya entre 1996 y 2010, el crecimiento medio anual del empleo formal tercerizado fue del 13,1% al año. En 2013, el país registraba 12,7 millones de trabajadores tercerizados. En el estado de San Pablo, en 2010, las mujeres ocupaban el 46% de los empleos tercerizados formales, y los trabajadores no blancos el 40%. La tasa de rotación en este segmento de la fuerza de trabajo, en San Pablo, fue del 63,6% en 2010 (28).

Segregación urbana y el proletariado


El proceso de urbanización de Brasil fue bastante acentuado a partir de la década de 1950, acompañando la dinámica de industrialización del país. Fue en la segunda mitad del siglo XX cuando Brasil se convirtió en un país urbano, o sea, más del 50% de su población pasó a residir en las ciudades. Datos del censo de 2010 apuntan que el 84% de la población brasileña reside en las ciudades.

Brasil tiene casi 20 ciudades con un millón o más de personas. Pero el peso del proletariado no se manifiesta por igual. San Pablo y Río de Janeiro siguen siendo desproporcionalmente grandes. Según los datos del IBGE en 2016, la ciudad de San Pablo continúa siendo la más populosa del país, con 12,0 millones de habitantes, seguida por Rio de Janeiro (6,5 millones de habitantes), Brasilia y Salvador (alrededor de 2,9 millones de habitantes cada una).

Existen diecisiete ciudades brasileñas que poseen una población superior a 1 millón de personas, que suman 45,2 millones de habitantes, que representa el 21,9% de la población total de Brasil. Viendo el peso económico, social y político de las grandes regiones metropolitanas del país, podemos afirmar que la revolución brasileña puede puede no comenzar en la principales capitales, pero seguramente se decidirá en ellas, en particular en San Pablo y Rio de Janeiro.

Es necesario pensar, también, la actual dinámica urbana y su relación con los segmentos más explotados y empobrecidos del proletariado. Como sugiere Ruy Braga, el déficit habitacional alimenta la expoliación de los rendimientos del trabajo, de modo que los ingresos salariales (como ocurrió entre 2004 y 20014) fueron en parte absorbidos por el aumento de los alquileres, gastos con financiamiento de los inmuebles, etc. Las contradicciones crecientes en el medio urbano, que brotan incesantemente, en múltiples dimensiones de la vida social del proletariado y de las masas empobrecidas de las ciudades, pasan cada vez más a ocupar la escena política del país.

En otras palabras, los conflictos y demandas urbanas representan un aspecto fundamental de la vida social y política de las grandes masas trabajadoras urbanas. No por casualidad, la lucha contra el aumento de la tarifa del transporte (movilidad urbana) sirvió de gatillo para la eclosión de la Jornadas de Junio de 2013.

Primeras conclusiones

A partir de la interpretación de los datos objetivos descriptos en la sección anterior, queremos concluir, de modo sintético, enlazando las principales características del proletariado brasileño que identificamos en este estudio parcial: 1) su gigantismo, tamaño y potencia; 2) el peso enorme (en muchas regiones, mayoritario) de los negros y negras en su composición; 3) la creciente feminización; 4) la inmensa concentración en grandes metrópolis, que da relevancia a las demandas urbanas; 5) la importancia de la juventud en su interior; 6) las condiciones peculiares de superexplotación; 7) la heterogeneidad interna; 8) el peso del semiproletariado y, en menor escala, del lumpen; 9) los índices, relativamente, bajos de sindicalización en el sector privado; 10) poca militancia organizada, por tanto, el frágil nivel de su organización independiente; 11) niveles rudimentarios de escolarización, por tanto, atraso cultural.

Estas condiciones materiales explican, parcialmente, la inmadurez de la expresión subjetiva de la propia clase trabajadora. Muy parcialmente, porque es imposible comprender la realidad de la superexplotación sin considerar, en primer lugar, el papel de los aparatos burocráticos (políticos y sindicales), con variadas ideologías y programas, que actúan al servicio de la preservación de la dominación capitalista.


Notas de Correspondencia de Prensa


1) Se refiere al cinturón industrial de la Región Metropolitana de San Pablo, formado por siete municipios: Santo André (A); São Bernardo do Campo (B); São Caetano do Sul (C); Diadema, Mauá, Ribeirão Pires y Rio Grande da Serra. El ABC fue el primer gran centro de la industria automotriz del país, con la instalación de Mercedes-Benz, Ford, Volkswagen y General Motors, entre otras firmas transnacionales. De las grandes huelgas de finales de los años 1970 y principios de 1980, nacieron el Partido de los Trabajadores (PT) y la Central Única de los trabajadores (CUT). Desde allí emergió a nivel nacional el liderazgo político de Lula.
2) La PNDA (Pesquisa Nacional por Amostra de Domicílio/Encuesta Nacional por Muestra de Domicilio, es hecha por el IBGE (Instituto Brasileiro de Geografia e Estatística/Instituto Brasilero de Geografía y Estadística, en un muestreo de domicilios brasileros. La encuesta es realizada en todas las regiones de Brasil. Para mayores detalles ver PNAD 2014, completa y disponible en: http://biblioteca.ibge.gov.br/visualizacao/livros/liv94935.pdf .

Bibliografía
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Ruy Braga, A política do precariado: do populismo à hegemonia lulista/La política del precariado: del populismo a la hegemonía lulista (São Paulo, Boitempo, 2012).
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Gabriel Casoni sociólogo, maestría en Historia Económica en la Universidad de San Pablo (USP). Es miembro de la Coordinación Nacional del Movimiento por una Alternativa Independiente y Socialista (MAIS), corriente recientemente integrada en el PSOL. El texto fue editado por Correspondencia de Prensa con la autorización del autor.

Fuente: http://blog.esquerdaonline.com/?p=7

Traducción: Ernesto Herrera

 


 
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